Lenguaje que sugiere, que evoca, que dice sin decir...

¡Vamos a escribir!

 

Cómo escribir un microrrelato

En esta entrada analizaremos en qué consisten exactamente los microrrelatos y cuáles son las claves para escribirlos.Seguro que serán de gran utilidad para desarrollar este peculiar género literario:

1. Sé breve

El microrrelato es un historia de ficción muy breve, tan breve que apenas necesita unas líneas para ser contada (por norma general tiene entre cinco y doscientas palabras).

2. Navega entre géneros

El microrrelato no es un género narrativo al uso. Tiene también su parte poética, a veces se mezcla con los aforismos, con los haikus… Es una expresión artística muy peculiar que navega a medio camino entre distintos géneros literarios. Por lo tanto, cuando escribas microrrelatos, siéntete libre para experimentar.

3. Condensa

El microrrelato ha de ser capaz de condensar una historia a pesar de no contar con muchas palabras. Esto no quiere decir que tengamos que resumirla. Más bien todo lo contrario: el microrrelato es tan solo la punta del iceberg de una historia mayor. Consiste en sugerir al lector para que sea él quien rellene los huecos, quien imagine todo lo que no contamos.

Tenemos que encontrar el momento clave de la historia que ha de ser mostrado en el microrrelato. Si no tienes claro qué momento elegir para contar tu microrrelato, prueba con el clímax. ¿Cuál es el momento álgido de la historia? Seguramente con la respuesta podrás construir tu texto.

4. Usa las elipsis

El microrrelato, aunque sí tiene una estructura, no cuenta con espacio suficiente para la clásica distribución de presentación-nudo-desenlace. En el microrrelato saltamos directamente dentro de la acción, del acontecimiento. A veces, como decíamos en el párrafo anterior, incluso dentro del clímax. De nuevo: no lo cuentes todo, solo lo estrictamente necesario para crear una imagen en la mente del lector.

5. Precisa

Si en el cuento cada palabra es importante, en el microrrelato mucho más. Cuando tienes que causar sensaciones en el lector con tan solo un puñado de palabras, has de elegirlas bien. Intenta que no sobre ni falte nada, que cada palabra esté donde debe y que se trate de la palabra correcta. Busca sinónimos si hace falta, elige siempre la que evoque aquello que quieres transmitir, vigila la sonoridad del texto… Tendrás que revisarlo unas cuantas veces hasta alcanzar el resultado que persigues, pero al ser una narración tan breve, puedes dedicarle más tiempo.

Tampoco debes usar muchos personajes o lugares, ni contar algo que transcurra en un largo espacio de tiempo. Se trata de lanzar una idea simple al lector, no hay tiempo para desarrollarla, así que usa el menor número de elementos posible.

Por ejemplo, en el siguiente microrrelato atribuido a Ernest Hemingway, los elementos son mínimos, como veréis: “Se venden zapatitos de bebé, nunca usados”.

6. Muestra lo que quieres contar

Es posible que tengas una idea extensa para desarrollar en un microrrelato (por ejemplo, la relación entre dos hermanas con el paso de los años). No lo cuentes en el microrrelato. Muéstralo a través de una escena concreta que tiene lugar entre esas dos hermanas y que transmite, de alguna forma, la idea que persigues.

7. Dale al lector algo en lo que pensar

El microrrelato tiene que dibujar en la mente del lector una escena evocadora, con mucha fuerza, y el final ha de impactarle de manera que su imaginación no se detenga ahí, sino que siga trabajando una vez haya concluido la lectura.

8. Usa un giro final

Una buena forma de dejar ese poso en el lector es a través del giro final, como en el siguiente ejemplo de Stace Budzko, titulado “Por qué yo no uso agenda”: “Escrito en su calendario en el día de la muerte de mi padre, dos palabras: llamar hijo”“.

Este giro también puede funcionar del mismo modo que los chistes, explicando todo lo que hemos leído anteriormente, como en el siguiente microrrelato de B. Mistoda: “No quise continuar con mi investigación sobre el cáncer porque me di cuenta de que, incluso aunque podría haber acabado por perfeccionar la cura, nunca le habrían puesto mi nombre, Eddie Spaghetti”.

Otra solución es dejar un final abierto, una frase que invite a la reflexión o lanzar una pregunta al aire para dar al lector algo en lo que pensar. Por ejemplo, “Una inmortalidad”, de Carlos Almira: “El poeta de moda murió, y levantaron una estatua. Al pie grabaron uno de los epigramas que le valieron la inmortalidad y que ahora provoca la indiferencia o la risa, como la chistera, el corbatín y la barba de chivo del pobre busto. El Infierno no es de fuego ni de hielo, sino de bronce imperecedero”.

9. No te olvides del título

Si cada palabra cuenta, el título no podía ser menos. Es un espacio maravilloso que puedes emplear para aportar luz y nuevos significados sobre el texto. Trabaja también esta parte del microrrelato.

Por ejemplo, fíjate en el siguiente microrrelato de David Joseph: “La añoro más que a las otras”. Es un microrrelato muy simple, que por sí mismo no acaba de evocar tanto como cuando leemos su título, “Poligamia”. Es entonces cuando el texto cobra otro sentido.

10. Atrapa al lector

La estructura perfecta para un microrrelato consiste en lo siguiente: empieza intrigando al lector, lánzalo en medio de una acción o una imagen evocadora que le lleve a seguir leyendo porque quiere saber qué ocurre. Es como un misterio. El lector sigue leyendo y se encuentra, de repente, con un giro o un final sorprendente, algo que arroja luz sobre las palabras anteriores y lo deja noqueado. Finalmente, la última frase lo invita a la reflexión (el poso del que hablábamos antes).

Fíjate, por ejemplo, en este precioso microrrelato de Paz Monserrat Revillo titulado “Herencia”:“Antes de ponerse el pendiente frotó el metal que rodeaba el zafiro con un bastoncito impregnado en líquido para limpiar plata. Cientos de estratos de tiempo levantaron el vuelo dejando la superficie luminosa y desnuda. Se acercó, curiosa, y la joya le devolvió el rostro adolescente de su abuela probándose el pendiente ante un espejo”.

11. Usa referencias conocidas

Si quieres, también puedes usar un pequeño truco para ganar “espacio” en el microrrelato. Si usas personajes famosos, eventos históricos, situaciones literarias conocidas… no tendrás que explicarlas porque el lector ya las conoce.

Para explicar mejor este punto, os dejo un microrrelato de mi propia cosecha sobre un famoso detective, a ver qué os parece: “Watson contempló desolado la escena del crimen. Sin pistas, sin sospechosos, el único detective capaz de resolver aquel misterio, yacía muerto a sus pies”.

12. Escribe, edita y recorta

No intentes conseguirlo a la primera. El microrrelato es breve, pero requiere mucho trabajo. Escribe primero la historia lo mejor que puedas y luego revisa y recorta hasta que consigas esa pequeña pieza de relojería que es el microrrelato.

 

Cómo escribir un cuento corto

1. Céntrate en la acción

Que no en la anécdota. El cuento no es solo una anécdota, ya que cuenta una historia, pero la narración ha de estar más condensada que en la novela y centrarse en lo que sucede, sin tiempo ni espacio para otras disertaciones.

En el cuento no hay lugar para largas descripciones o extensas divagaciones morales o psicológicas. Esto no quiere decir que el cuento tenga que ser simple y carecer de estos elementos. Pueden estar, pero en forma de subtexto, escondidas entre líneas o dichas directamente con las palabras justas. ¡Es todo cuestión de espacio!

Hace tiempo leí una frase que se me quedó grabada: una novela de ciencia ficción describe un mundo de ciencia ficción; un cuento de ciencia ficción narra hechos de ciencia ficción. Sin embargo, ambos subgéneros narrativos pueden hacernos reflexionar al leerlos.

2. No quieras abarcarlo todo

A veces pecamos de querer contar historias muy ambiciosas que no tienen cabida en un relato corto. Recuerda que el cuento, por lo general, debe ocurrir en un espacio de tiempo breve, tener pocos personajes principales (2 o 3 como mucho) y una localización principal. Si no logras adaptar tu historia a estas premisas, puede que estés ante una novela corta y no de un cuento corto.

3. Busca una idea y simplifícala

Toda idea puede simplificarse siempre, sólo hay que darle una vuelta. Por ejemplo, queremos contar la historia de un hombre que, tras pasarse muchos años dedicado a su trabajo, logró alcanzar el éxito profesional. Fue un tipo importante, ambicioso y que llegó a lo más alto, pero a costa de arriesgar su vida personal. Con el tiempo, cometió una serie de errores y se arruinó, dándose cuenta de lo que realmente era importante.

¿Se puede contar una historia así en apenas 750 palabras? Sí, pero solo si la simplificamos. Para ello, busquemos el instante con mayor fuerza, el momento de impacto de la historia, así sabremos dónde hay que centrarse. Yo creo que el punto álgido lo encontramos cuando se da cuenta de que se equivocó, por ello creo que deberíamos contar la historia cuando ya lo ha perdido todo.

Por ejemplo, Fulanito es un mendigo que cada mañana pide en una esquina del centro de la ciudad, en una zona de oficinas cerca de donde él trabajaba tiempo atrás. Los mismos ejecutivos entre los que él se incluía antes, son ahora los que le ignoran y pasan por su esquina sin mirarle.

Recuerda, cuando tengas tu idea, simplifícala: busca el impacto, el instante.

4. No lo cuentes, muéstralo

Este debe de ser el consejo en el que más se insiste en cualquier libro o artículo sobre escritura, ¿verdad? Pero es que resulta fundamental y muchas veces se nos olvida, sobre todo a la hora de escribir cuentos.

Un cuento no es un resumen de una historia, sino una historia en sí. Tomando el mismo ejemplo del punto anterior, podríamos decir que Fulanito es un mendigo que cada mañana pide en una esquina cerca de donde antes trabajaba. Entonces tenía mucho éxito, aunque se acababa de divorciar y no tenía mucho tiempo para sus hijos porque solo le importaba su trabajo, etcétera… ¿Qué es esto? ¿Es una historia o el resumen de una historia? En realidad es lo segundo.

Para narrar la historia tenemos que centrarnos en el instante, en la acción: Fulanito cuenta las monedas de su caja y se da cuenta de que no ha sido una buena mañana. Duda si le alcanzará para tomarse algo caliente… Mostremos lo que ocurre, demos imágenes, enseñemos la historia a través de la acción.

5. Mantén la estructura

Aún siendo un relato muy corto, todo cuento ha de tener una introducción, un nudo y un desenlace. Por ejemplo: “el mendigo contando las monedas en su esquina y los ejecutivos pasando ante él envueltos en su abrigo” sería la introducción. Es lo que nos sitúa en la historia, en el qué, quién, dónde y cuándo.

El nudo podría ser “el mendigo está preocupado porque necesita tomarse algo caliente pero no le llega el dinero. Sigue pidiendo pero los ejecutivos lo ignoran.” El desenlace sería el final que le demos. Por ejemplo: “alguien se apiada de él y le da el dinero para que se tome el café”.

6. No lo des todo, sugiérelo

En el cuento es tan importante lo que se dice como lo que se calla. Como decíamos antes, no hay lugar para disertaciones, así que olvídate de explicar que el mendigo se siente mal por su situación o que se arrepiente de haber perdido a su familia. Eso ha de quedar implícito en la acción. Deja que el lector lo deduzca.

Por ejemplo, en lugar de explicar que el mendigo tenía familia y la perdió junto con su trabajo, podemos hacer que entre los ejecutivos que cruzan ante él, el mendigo reconoce a su hijo e intenta decirle algo. El hijo se vuelve hacia él con cara de fastidio y, sin reconocer a su padre, le da una moneda, solucionando el problema de tomar algo caliente esa mañana. Pero, obviamente, al mendigo ya no le importa el café.

7. Cada frase cuenta

Del principio al final, cada frase del cuento tiene que estar ahí con una función. Si tienes poco espacio, pocas palabras, aprovéchalas bien. Esto no es necesario hacerlo en la primera escritura, pero sí en la revisión. Desmenúzalo, analiza cada frase, cada elemento, y piensa qué función cumple en la historia. ¿Es imprescindible? Si la esencia del texto se comprende sin esa frase, elimínala.

8. Mantén el suspense

No des toda la información al inicio. Dosifícala y lleva al lector hasta la última palabra. Si contamos de partida que el mendigo era antes un ejecutivo y que acaba de encontrarse con su hijo, luego nos quedamos sin dinamita.

Siempre que puedas, intenta que al final del texto haya un giro, un golpe de efecto, una sorpresa. Que esté justificada, claro, pero que dé un nuevo sentido al texto.

Es mejor empezar por el mendigo con frío que ha de conseguir dinero para algo caliente. Así creamos un buen punto de partida. Luego podemos contar ya que él antes era uno de esos ejecutivos que ahora le ignoran, porque esto nos produce más curiosidad sobre el personaje. De pronto, reconoce a alguien entre la multitud y llama su atención (más intriga). Esta persona no le reconoce, pero le da dinero, aunque al mendigo ya no le importa el dinero, porque el ejecutivo era su hijo (dejamos el golpe de efecto para el final).

9. Impacto posterior

Una de las cosas más difíciles pero también de las más importantes es lograr que el cuento deje huella en el lector. Una vez haya terminado, el texto ha de dejar un eco en su interior, una reflexión, un sentimiento.

Para ello, la última frase es fundamental. Si logramos que contenga un giro o una imagen impactante que arroje luz sobre el resto de la narración, estaremos en el buen camino.

Volviendo al caso del ejemplo, lo ideal es llegar al final sin saber quién es el ejecutivo al que el mendigo ha reconocido y que acaba de darle el dinero. En esa última frase (que además debería ser corta, sencilla y directa para causar mayor impacto) revelaremos que se trata de su hijo (un buen giro final) y dejaremos entrever que el mendigo ya no está preocupado por el dinero (ni lo mira), sino que observa cómo su hijo se aleja sin poder hacer nada para evitar que cometa los mismos errores que él cometió en el pasado.

10. Ambienta con poco

No tienes espacio para descripciones largas ni disertaciones, pero el cuento también ha de tener ambientación para envolver al lector. Para ambientar en un texto muy corto, usa el tono, el narrador, el lenguaje y selecciona las palabras adecuadas. No es lo mismo decir “ciénaga” que decir “pantano”; tampoco es igual “bruma” que “niebla”. Cada palabra te ayuda a construir la atmósfera. Elígelas con cuidado.

Por ejemplo, para la historia del mendigo, nos encontramos en una ciudad, una mañana de invierno en la que hace mucho frío, pero no es necesario decir todo esto. Podemos ver el frío en el vaho que sale de la boca del personaje o haciendo que se frote las manos envueltas en guantes antes de contar el dinero. Incluso, mejor aún, podemos verlo todo a través de los ejecutivos que entran en sus oficinas envueltos en gruesos abrigos mientras ignoran al mendigo. En esta imagen sabemos que es una ciudad, que es por la mañana, es invierno y hace frío.

11. La importancia del título

Tenemos muy poco espacio para desarrollar nuestra historia y ya hemos dejado claro que cada palabra cuenta, ¿verdad? Pues tengamos algo de picardía y aprovechémoslas bien todas. El título es un espacio extra que puede resultar muy útil. Lo ideal: que sugiera, intrigue y arroje una nueva luz sobre el texto una vez se haya terminado su lectura.

¿Se os ocurre algún título para el relato del mendigo que cumpla estas características?

12. Una regla extra para escritores de cuento

Por último, nos queda un consejo fundamental para cualquier escritor que quiera dedicarse a escribir cuentos, aunque no tenga que ver con la escritura en sí: tenemos que leer cuentos. Si queremos entender cómo funcionan y cómo se escriben, es fundamental que los conozcamos. Hay que leer a Chéjov, a Horacio Quiroga, a Cortázar, a García Márquez, a Poe, a Borges, a Saki, a Ray Bradbury, a Bioy Casares, a Benedetti, a Monterroso… Tantos cuentos como se pueda.

 

descripción de personajes

 

Una de las partes más complicadas a la hora de construir  cualquier historia, junto con los diálogos, son las descripciones. Por eso, aquí van una serie de consejos que debes tener en cuenta a la hora de explicar cómo son los personajes en tus historias:

Lo bueno, si breve…

Empecemos analizando la cantidad de información que hay que dar cuando describimos a un personaje. ¿Tenemos que explicarlo todo? ¿Describir cada detalle? ¿O es mejor dejar que el lector se lo imagine por sí mismo?

Como casi siempre, no existe una única respuesta a estas preguntas. Hay autores a los que les gusta mucho dejar claro cómo son sus personajes mientras otros pasan por encima o no cuentan nada sobre su apariencia.

Ambas opciones son válidas, pero seguro que si te has encontrado alguna vez con una descripción de varias páginas sobre el aspecto de un personaje, te habrá resultado tedioso. Eso es porque las descripciones, cuanto más concisas y exactas, mejor.

Si hay muchos rasgos que quieres mostrar de tu personaje, mejor divídelos en descripciones más pequeñas y ve repartiéndolas por el texto, buscando el momento exacto para cada una.

Marca la diferencia

No es necesario que expliques todos y cada uno de los detalles de la apariencia de un personaje para describirlo, sobre todo si estos detalles son los de cualquier persona “normal”. A veces es mejor centrarse en aquello que hace diferente al personaje.

Una cicatriz, un tinte de pelo extraño, una mirada peculiar, una sonrisa torcida… son rasgos que aportan más información al lector que si le decimos que alguien tiene una cara común, un cabello liso y largo, los ojos castaños, etcétera.

Ahora bien, a veces sí que nos interesa utilizar esos aspectos más “vulgares” o comunes en un personaje para describirlo. Por ejemplo, cuando queremos recalcar su “normalidad” para explicar que se trata de una persona como tantas otras:

«El muchacho llevaba esos pantalones vaqueros de tiro bajo que dejaban ver el elástico del calzoncillo. La camiseta, dos tallas más grandes de lo que su escuálido cuerpo de adolescente necesitaba, mostraba un mensaje que no comprendí entonces. Quise fijarme en su rostro, pero estaba medio oculto tras el flequillo largo, negro y lacio. Era otro de tantos. Aquellos chavales me parecían tan similares entre sí que, aunque me lo hubiese encontrado cinco minutos más tarde, no habría sido capaz de reconocerlo».

Sácale todo el jugo a la descripción

Cuando describes a un personaje, puedes aprovechar la descripción para explicar otros rasgos (de su carácter o su vida) y así ayudar al lector a que tenga una imagen más completa.No te limites a enumerar sus características físicas. Usa la descripción para definir al personaje.

Por ejemplo, comparemos esta descripción: «María era alta y delgada. Tenía el pelo castaño largo y sus ojos eran marrones. Llevaba puesta una camisa azul claro, unos vaqueros y unas zapatillas deportivas blancas»

…con esta otra: «María llamaba la atención en el grupo porque era la más alta y delgada de todas. Su pelo, castaño y largo, estaba demasiado peinado, como si le hubiese estado pasando el cepillo durante horas. Así era ella, siempre elegante, siempre impecable. Incluso en días normales como aquel, en el que no llevaba más que unos sencillos vaqueros, una camiseta de listas y unas zapatillas deportivas sorprendentemente blancas».

La primera, además de centrarse en aspectos comunes que no dicen gran cosa de la chica, se limita a una enumeración de rasgos externos. La segunda, va más allá y nos aporta datos de su carácter, permitiendo que nos formemos una idea más compleja de cómo es María.

Mantén un orden

Cuando realices una descripción, no vayas dando saltos de la cabeza a los pies, luego las manos, la ropa, de vuelta a la cabeza… Acabarás mareando al lector.

Haz una lista de los rasgos que quieres destacar y ordénalos de una forma lógica: empezando por lo más llamativo y terminando en los detalles; y hazlo siempre por partes, como si realizases una mirada panorámica de arriba a abajo o viceversa.

Busca el momento exacto

Una de las cosas más complejas a la hora de describir personajes es saber cuándo introducir estas descripciones. A veces podemos percar de impacientes y precipitarnos metiendo una descripción a calzador cuando no toca.

No tienes por qué explicar cómo es un personaje en cuanto aparece, sin una transición previa ni ninguna excusa para hacerlo. Si quieres que tu historia fluya de forma natural y no resulte aburrida para los lectores, intenta que las descripciones encajen dentro de la acción.

Por ejemplo, no es lo mismo: «María bajó del coche y echó un vistazo al parque. Iba vestida de forma muy elegante con un vestido corto y unos zapatos de tacón. Se echó a andar en dirección al sendero»

…que decir esto otro: «María bajó del coche y echó un vistazo al parque. El sendero que tenía que tomar parecía estrecho y enfangado. Se arrepintió de haberse puesto aquel vestido tan corto y aquellos zapatos de tacón que unas horas atrás, frente al espejo de su cuarto, le habían parecido tan elegantes».

Aprovecha el punto de vista de los personajes

Otra forma de lograr el momento exacto para introducir una descripción es aprovechar el punto de vista de otro personaje. Por ejemplo, María y Carlos han quedado para ir al baile. Cuando se encuentran, él se queda alucinado con lo guapa que se ha puesto ella. Es el momento perfecto para describir a María.

También podemos aprovechar la comparación para describir a dos personajes al mismo tiempo: por ejemplo, si en lugar del punto de vista de Carlos, usamos el de Teresa al ver llegar a María al baile. En comparación con su amiga, Teresa siente que su vestido y su apariencia no lucen nada. Es el momento para describirlas a ambas.

Analiza tus descripciones favoritas

Siempre que leas en un libro una descripción que te guste, márcala de alguna forma y vuelve a ella más tarde. Lee y vuelve a leer aquellas descripciones que te parezca que funcionan bien. Analízalas. Desmenúzalas.

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